ESQUIZOFRENIA CON ROBERTO KERTESZ.................
Juan, no conozco el apellido, era un muchacho de 34 años, con por lo menos dos hermanos e hijo de un pastor evangelista. Fuè agregado por Roberto Kertesz a uno de sus múltiples grupos terapèuticos donde fuimos informados por este superdoctor que el sujeto venìa con el dignòstico de esquizofrenia, el que la habìa sido aplicado en su juventud por la antigua psiquiatrìa, que en cualquier època parece ser antigua y bastante de temer, según el mismo Kertesz. Roberto Kertesz iba a salvar a Juan de su esquizofrenia al mismo tiempo que del diagnóstico que tan inhumanamente lo calificaba o descalificaba. El doctor nos daba a entender que la gente empática e inteligente como él jamás cometería el desatino de imponer a una persona tan vejatorio epíteto aunque parecía solazarse en que otros lo hiciesen en su lugar para luego marcar diferencias y anotar puntos a su favor. El paciente en questión habìa sido enviado a Kertesz por un mèdico homeòpata, con la ilusión de que recibiera el adecuado apoyo psicoterapeutico, complementario a su tratamiento medicamentoso. El doctor que lo enviaba se apellidaba Valleverde, apellido al que Kertesz trastocaba en pisaverde, dado que despreciaba por igual tanto a los putos como a los homeópatas. Juan y sus nuevos compañeros tenían que entender que esa gente estaba loca si creía que iban a curar trastornos mentales con drogas. Haciendo referencia a los homeópatas, no a los putos. Por más que el esquizo corregía como podía y no sin alguna confusión el error de Kertesz en cuanto al apellido, éste siempre terminaba siendo pisaverde. Hablando de todo un poco el trastornado Juan se declaró admirador del cantante español Raphael, que, inmediatamente, fue catalogado de bisexual por el homofóbico doctor y Juan tuvo que recular hasta admitir que cuando el "Niño" presentaba algún show por televisión él lo escuchaba cantar pero no lo miraba. Esquizo, vaya y pase, pero mirar a un putazo mariposeando por la tele no está permitido aunque uno le agarre tortícolis. Pese a sus diagnóstico oficial, Juan quiso presentarse ante el grupo como uno más y usó sus escasos recursos sociales e intelectuales para explicar que él llegaba ahí por una inesperada e inexplicable afonía que le había surgido hacía un tiempo y parecía ser de origen psicosomático. Que no era considerado alguien normal se tenía que enterar Juan cuando en una sesión, Kertesz, mirándolo con consternación, comentaba ante el grupo, empeñándose en que los demás duplicaran ese sentimiento, que este pobre muchacho hubiese sido tratado, en una antigua y terrible época, mediante el temible electroshock, con las tremendas consecuencias que todos debíamos suponer eso le hubiese acarreado. Gracias a Dios había en esta nueva era gente sabia como Kertesz para salvar a los pobres infelices de la picana. Con el correr de las sesiones, dadas sus limitaciones y sentimiento de inadecuación, el pobre Juan, tanto adentro como fuera de la sala de terapia grupal, iba quedando reducido a un estado de vegetativa pasividad frente a sus locuaces compañeros. El muchacho veía como el gurú y sus acólitos empleaban una jerga misteriosa e incomprensible. Se hablaba del padre crítico, el niño libre, el OK-OK, la transacción malvada, por qué no?, si pero, el pequeño profesor, la papa caliente, etc. Cuando tuvo oportunidad, Juancito, al comienzo de una sesión, quiso, muy políticamente para no ofender a nadie y no recibir alguna incomprensible chanza de contragolpe, obtener de Kertesz permiso para abandonar esa alucinante experiencia mintiendo que le costaba mucho llegar a tiempo a los encuentros terapéuticos, dado que vivía muy lejos. El doctor, simulando un tono de empática comprensión al problema planteado le dijo que se jodiera si le costaba cumplir con el horario, sugieriéndole que aliviera sus ocupaciones en casa como ser la de eliminar la tarea de lavarle los calzones al cura. Totalmente a la defensiva y tartamudeando Juan replicó que él no desempeñaba tal tipo de trabajos dándole, entonces, razón al doctor que se puso a decir que el esquizo, seguro, era de esos seres pasivos que hasta se les tenía que preparar la leche para el desayuno. Habiendo perdido Juan toda su digna parodia de adulto formal se defendía argumentando que la leche se la preparaba él. No acabó la tortura ahí porque la sangre ceba a las fieras y Kertesz le terminó preguntando si había leído el librito que le había dado sobre análisis transaccional, ese que todos nosotros teníamos que comprar, entre otras cosas, al final de nuestra primera entrevista. Juan, como un desvalido implorando piedad, acabó confesando avergonzadamente que él había tratado de comprender esa literatura, pero muchas cosas que allí se encontraban no las podía entender. Eso fué el final para la dignidad de Juan pues Kertesz, ya sin mirarlo y con gesto marcial, lo señalaba, ante el horror de los presentes, con su dedo acusador gritando: " ven?, tiene NO PIENSES ". Como Juan ya sentía que su falta debía ser algo gravísimo y de cuyas consecuencias no podía escapar, pues el veredicto había sido dado ignorando Kertesz sus incoherentes disculpas y quejidos lastimeros, terminó largándose a llorar a mares acompañando el proceso con emisión de mucosidades, las que enchastraban sus enormes bigotes, y un tremendo e imparable temblor en todos sus miembros. El guiñapo humano tuvo que quedar así acurrucado en su sillón mientras que temblorosamente escuchaba sin poder replicar toda una exposición doctoral sobre su patológico estado ante un mudo auditorio. Para hacerla corta tengo que decir que cuando al final de la sesión el grupo se reunió en el habitual café de la esquina, sin Juan presente, por supuesto, nuestro compañero Jorge trataba de explicarnos que si nuestro grupo poseía un nivel de cuatro puntos no podíamos tener, sin consecuencias negativas, a alguien de nivel cero entre nosotros. De aquí la razón por la cual Kertesz le había pegado ese sacudón al tipo para elevarlo a nuestro nivel. Mi viejo decía que " NO HAY MEJOR QUE UN BUEN SUSTO PARA DESPERTAR AL MAMAO".
Claudio Acuña
danielito51@yahoo.com.ar